Era ya pleno diciembre cuando el poeta desembarcó en puerto francés, según mayoría de sus contemporáneos, en La Rochelle. Su estancia en ese lugar debió haber sido de escasas horas, posiblemente el tiempo que tardó en averiguar de dónde salía el tren para París.
El cansancio que se le acentuaba más y más, que lo doblegaba totalmente, no estaba motivado solamente por la larga y difícil travesía, por la emoción de ver París, por los ayunos a que continuaba sometido, sino que eran otras, muy duras y poderosas, las razones. El ministro del Perú en Francia, Francisco García Calderón, descubrió fácilmente la gravedad del mal y vio la imposibilidad de poder hacer algo por ese extraño visitante, y a lo único que atinó fue a aconsejarle que marchara a España, para lo cual se dice que le proporcionó el dinero suficiente".