Para Reynaldo Lacámara, la literatura se afirma en la tensión entre posibilidad y desafío*. Esta visión universal se encarna en su escritura como pulso propio: su poesía no se limita al enunciado, sino que habita el latido. Mientras la literatura le ofrece el ángulo desde el cual traducir la cotidianidad humana, el ejercicio poético le exige esa respiración del lenguaje capaz de sostener el asombro. (R.D.B.)

"El 25 de noviembre, se celebró el Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la mujer. El que se siga celebrando es una mala noticia para la humanidad. Si se necesita celebrar es que hay algo que no funciona en este mundo. El poeta chileno, aunque afincado en Estados Unidos, Gustavo Gac-Artigas acaba de publicar el poemario trilingüe “Las cadenas de Sor Juana”, en la editorial Hebel". (Javier Velasco Oliaga de https://www.todoliteratura.es/)

La palabra moderno ingresó en la lengua española a fines del siglo XV y desde un principio se entendió que significaba «lo reciente en contraste con lo antiguo»; esta tensión semántica se acusa en el Tesoro de la lengua castellana de Covarrubias (1611), que trae esta definición: «Moderno, lo que nuevamente (esto es, por vez primera) es hecho, en respecto de lo antiguo.»

Para empezar, el Perú ostenta productos literarios (y en el caso de la poesía, sin falsa modestia, bastante dignos) pero no ha existido jamás ni en cuerpo ni en alma aquello que designa el término institución literaria. Entiéndase al calce un circuito editorial de organismos del Estado —de todas las universidades nacionales, por ejemplo—, los premios anuales, el apoyo fiscal, la inyección económica (lo diré ahora en clave neoliberal) y su filiación pedagógica. No, en el Perú la tradición literaria vive casi como el fútbol: a punta de milagros.

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